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El alma de la bestia

Título raro, lo sé. Pero es que ni idea de cuál poner, y más o menos es la idea de lo que va este texto. Ya sabéis que soy muy de textos sueltos, aunque esto podría considerarse casi como relato corto. Ha sido una auténtica catársis, y no he podido dejar de leer la Casa de Asterión antes porque, ya sabéis que a mí la mitología griega me encanta, y hay ciertos mitos por los que tengo fascinación. El laberinto del minotauro es uno de ellos, y ésta es una interpretación futurista del mito, que necesitaba escribir a raíz de todo lo que está pasando en España que me deja fatal el cuerpo cada vez que leo el periódico.

(Y espero que después de este intento de catársis, pueda escribir algo bonito para laeryn</lj> que hoy es su cumpleaños)



Era un tributo como otro cualquiera. El diezmo por años de silencio y un público predispuesto a cantar la balada final que cerrara el final feliz de las comedias. Era el precio de la mentira piadosa, del creernos libres y dueños de nuestro futuro.

Se hipotecaban vidas, historias por terminar, proyectos de futuro. Se congelaban en el aire, pendientes de una resolución marcada por el borracho loco que llevaba la batuta de aquella orquesta de sanguinolentas cucarachas. 

A cambio, una promesa. La de sentir a través de otros. La de apagar tu mirada y venderse al mejor postor. La de creerse personaje de una comedia con tintes melodramáticos que nadie sabía interpretar. Una pantomima. La creíamos a pies juntillas, a falta de algo mejor.

Nos habían embargado las alas, por el despilfarro de soñar que podríamos volar más alto que nuestros padres, que nuestros abuelos. Por imaginar que otro mundo era posible y que el país vecino, como penitencia por perder duelos deportivos contra nosotros, nos enseñaría cómo se lucha por la felicidad.

Bebíamos el veneno de nuestros intentos fallidos de ser libres. Palpitaban en nuestras gargantas el amargo sabor de la desesperanza, de la congoja y la rabia. El fuego de esta última se apagaba, paulatinamente. Los peces muertos y las hojas secas que el río de nuestra vida había llevado hasta nosotros no servía para avivar las cenizas que sólo fueron un fallo de una realidad paralela y distópica que se había inventado la ciencia ficción para distraernos.

Jugábamos, de vez en cuando, a tirarnos piedras. Como pequeños monstruos que aún no habíamos encontrado nuestro lugar en el mundo, nos deslizábamos sobre los lienzos de proyectos que nunca saldrían del despacho de los filósofos a los que nadie hacía caso ya, y nos desfiguraba el rostro con el grito sordo que nos robó Munch.

Otras, las menos, parábamos aquella guerra inútil con lo único que se nos ocurría. La rendición. La huida. El último deseo de ser fieles a una dignidad que había muerto en los recovecos de nuestra humanidad. Lanzábamos la piedra lejos, fuera del camino marcado; en esa bifurcación que los dioses ya nunca reclamarían para ellos. Y ahí empezaron a amontonarse. Ahí empezaron a construirse enormes catedrales de laberintos a base de los guijarros que nos arrancábamos directamente del corazón para alejarlos de nosotros, como si el último atisbo de lo que una vez creímos ser pudiera perderse así.

Alquilábamos nuestros sentimientos automáticos en la ruleta de la suerte. Cacareábamos bingo cuando nos parecía haber llenado ya el cupo de las sensaciones que alteraban nuestro conformismo comprado a golpe de talonario. El amor era solo una palabra más, una forma que vocalizábamos y éramos incapaces de asociar con ninguna otra realidad. Todo era amor, desde el odio más encarnizado hasta la simple curiosidad. El testamento de nuestros antepasados nos había inculcado con tinta y sangre que el amor lo puede todo, que nos salvaría de los males del mundo; así que aplicábamos amor a cualquier tipo de enfermedad, a cualquier asomo de rebeldía.

No era peor el remedio que la enfermedad. Simplemente, el veredicto era erróneo. No había mayor enfermedad que la de sentir. Las raíces léxicas de patología se revolvían en sus tumbas de papel y madera intentando llamar nuestra atención para que fijáramos nuestros ojos en lo que habíamos procurado desaprender y olvidar. Preferíamos las luces brillantes de las drogas con las que combatíamos esa anestesia mental que nos habíamos inyectado con el firme objetivo de sobrevivir. De sobrevivir a la humanidad, dejando atrás esa condición. Evolucionando a un ser cegado de sí mismo, en un chauvinismo que cerraba las fronteras en cada poro de nuestra piel.

Éramos la triste realidad de aquellos videojuegos en el que el mayor adversario era el zombie nazi que vagaba con su armamento letal en busca de ráfagas de violencia que le hicieran pensar que hacía algo. Nuestro objetivo era el mismo, y era contrario. Era sobrevivir y aniquilar. No importaba más.

Hubo un tiempo que nos resistimos, sí. Pero fue lo primero que fusilaron. Nuestra capacidad de resistencia. Dejaron de alimentar nuestros cerebros con lo único que podía hacerlos crecer. Las ideas que plantaron en esas yermas tierras sólo hablaban de pobreza, de culpa y de apretar los dientes.

Nuestra única libertad consistía en lanzar aquella piedra, tan lejos de nosotros que, si alguna vez la volviéramos a ver, no la reconoceríamos. Nos la arrancábamos de cuajo, con las uñas ennegrecidas y contagiosas, y el agujero de nuestro pecho quedaba al descubierto sin que nos inmutáramos. Era la moda del momento. Corazones que volaban describiendo una parábola casi infinita para que nadie nos acusara de que no hacíamos hueco a los demás.

Y, de vez en cuando, sintiéndonos cómplices del peor de los pecados buscábamos dar sentido a aquellos golpecitos que el miembro amputado nos hacía creer que seguíamos teniendo. Era un engaño nefasto, un lastre que llevábamos tras nosotros como una pesada losa que te sigue como tu sombra. Era un delito que traspasaba las leyes de los hombres y de los dioses que habíamos aniquilado al matar lo que les hacía poderosos, nuestra capacidad de ser humanos. Era un delito del alma. El crimen radicaba en tener alma. O en creer que la teníamos, en que cualquier día podría volver.

Probablemente, alguien anunció que lo haría. Pero nadie hizo el menor caso a aquellos augurios propios de presos agonizantes que se hundían en el absurdo masoquismo de reivindicar la existencia de su propia conciencia y empatía, que los torturaba hasta la muerte sin que ninguno de nosotros resultara autor material o directo de aquellos asesinatos.

De entre las ruinas de los laberintos que habíamos construido piedra a piedra, asomó la cabeza. Seguramente, fuera curiosidad. Afán por conocer algo más allá de los muros que limitaban su existencia. Se presentó ante nosotros en todo su esplendor, predispuesta a tratarnos como un igual. Era evidente que nunca se había mirado a un espejo. No podía ser más diferente. Cualquier rasgo de parecido que hubiera podido existir en algún momento de nuestra historia, lo habíamos aniquilado con fervor, con la pasión de un radical.

Igual que hicimos con ella.


Nos llevo años, casi siglos. Centurias de penares, de escuchar contar cómo todas las expediciones que marchaban rumbo a esos lugares inhóspitos que se conocían como su hogar jamás regresaban. Los rumores se extendían entre nosotros resultaban espeluznantes. De pronto, empezábamos a sentir. El miedo se apoderaba de nosotros, creando una alianza que sabía a novedad porque ni siquiera nuestros genes recordaban ya que algo así se había dado alguna vez en nuestra historia.

Nos mantenía despiertos. Nuestra anatomía nos dio ojos que nunca dormían, para que nos pudiéramos vigilar todo el tiempo. Estábamos unidos, por una causa, pero las únicas relaciones que manteníamos era por puro afán de supervivencia.

El terror se apoderaba de nosotros y nos daba un hambre voraz. El canibalismo que habíamos inaugurado cuando decidimos dar cuenta de nuestros propios cerebros, se cebó con las pocas reservas de ideas que aún nos quedaban. Las ilusiones murieron por deshidratación, y hasta el mínimo rastro de culpa o pesar desapareció. No quedaba nada que nos hiciera parecer despreciable; porque tampoco teníamos nada para inspirar lo contrario.

Éramos amasijos de carne, metal y plástico llenos de pánico.
Y un carboncillo.

Algo sobrevivió a la masacre. Mientras aquella bestia nos devoraba uno a uno, hubo un grupito, un gueto de marginados, que hizo lo imposible. Pensó. Y con cuatro simples trazos lo dibujó. Nuestra esperanza. Un héroe. El superhombre de Freud caminando entre nosotros a través de una literatura que había sabido invernar durante siglos agazapada entre los restos de civilización y retazos de escritos manidos y manipulados con los que nos habíamos auto engañado desde el principio de los tiempos.

Carecía de capa roja, y de máscara negra. No sabía volar ni lanzaba telarañas. Pero tenía algo extraño que hubiera valido para liquidarlo si no fuera porque había sido creado con una misión muy concreta. Liberarnos de la bestia. Habíamos creado un monstruo para liberarnos de una bestia. Decían que sabía leer, que pensaba por sí mismo y no tenía miedo a sentir. Que nadie le había arrancado el corazón y hasta había puesto condiciones sobre su misión.

Finalmente, comprendió. Admitió que nos debía algo, eso. Y su sentido del honor, según sus palabras textuales, le obligaba a cumplir con el trato. Pero, después, sería libre.

Esas eran las condiciones.
Nos sonaron a chino.
Las aceptamos.

No sabíamos qué era la libertad ni el honor. Nadie se había puesto nunca en la piel de otro, así que éramos incapaces de comprendernos. Desconocíamos todo del mundo, pero el gran misterio éramos nosotros mismos. No hubiéramos sabido admitir nada porque para eso teníamos que percatarnos que teníamos algo dentro de nosotros que tratábamos de ocultar. No sabíamos, tampoco, que era el deber, ni el derecho, ni nada.

Nuestro objetivo era mucho más simple. Sobrevivir. Y aniquilar.
La aniquilación nos facilitaba la supervivencia.
(Y sólo podíamos aniquilar, habiendo sobrevivido).
Él había sido creado para facilitarnos las cosas. Y como arma de destrucción, había de cumplir su misión.

Así lo hizo.
Y, después, desapareció. No se volvió a saber nunca más de él. Jamás. Sólo, en algunas noches en que el viento nos traía historias lejanas, de seres tan antiguos como nuestros ancestros, que en un pasado de leyenda habían sido nuestros hermanos, se oía su nombre entre las hojas de los árboles y la fría caricia de los ríos sobre las rocas.

-¿Sabías? Hace mucho que escribieron nuestro historia.–Le dijo la bestia a nuestro súper héroe. –Sabía que vendrías: llevo esperándote toda mi vida. Gracias, Teseo.

Lo único, está sin betear, así que si veis algo que debería arreglar, no dudéis en decírmelo ^^
Supongo que también lo subiré a paradiseheart, pero ya sabéis que algunos los subo también aquí, cuando me gustan mucho :)

Posted via LiveJournal app for iPhone.

Tags: el mundo apesta, mitología, original
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